12 momentos en los que experimenté un choque cultural al viajar

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Choque cultural se define como aquel sentimiento de desorientación que experimentamos cuando de repente se encuentran en una cultura modo de vida y actitudes desconocidas.

Ningún país está diseñado para nuestra comodidad, y está claro que a quien le gusta conocer otras culturas, viajar a sitios remotos, dejando a un lado su zona de confort, es que tiene la mente preparada para entender que lo nuestro no es siempre lo mejor, y que existen diferentes percepciones a una misma realidad.

No se puede negar que cuando viajábamos a destinos con culturas diferentes a la nuestra siempre hay algún momento en el que nos sentimos descolocados ante alguna actitud o situación propia de esa cultura, a la que no estamos acostumbrados.

En todos los viajes que he hecho, he experimentado esa sensación de perplejidad ante algo que no acababa de asimilar con la rapidez que me gustaría, o que me ha hecho reflexionar sobre lo diferentes que podemos llegar a ser las personas por nuestra cultura.

Algunas de esas situaciones que se me ocurren, me pillaron de sorpresa, me dieron que pensar o simplemente se me quedaron grabadas en la memoria.

 1.- El malentendido que tuve en Honduras

Estando en un bar en el pueblecito de Copán, charlando con un lugareño, me empezó a hablar de lo grande y fuerte que se había puesto su cipote. Pensé que se tenía que referir a algo diferente a lo que en España entendemos como cipote, y sin desdibujar de mi cara la sorpresa y el sonrojo, me atreví a preguntarle que significaba cipote. Me contestó que así se les llama a los niños en Honduras. Cipotas a las niñas y cipotones a los adolescentes. Respiré con alivio y retomamos la conversación sobre lo orgulloso que sentía de su cipote.

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 2.- El indio rezando en la calle

La India me resultó impactante, una sobrestimación sensorial continua, en la que no dejé de experimentar choque cultural tras choque cultural. El primero de ellos fue cuando vi a un indio de cuclillas en la calle y pensé que estaba rezando, pero en realidad estaba defecando.

 3.- Cuando tras un accidente de coche en Mali, casi nos desvalijan

Viajaba en un coche 4×4 desde Madrid. Acabábamos de llegar a Bamako. Yo iba en la parte de atrás del coche y mientras miraba por la ventana del otro lado donde iba sentada, vi como un autobús público, colorido y destartalado, se dirigía a toda velocidad hacia nosotros. Iba sin frenos, y acabó chocando contra el lado del coche donde, afortunadamente, no iba nadie. Bajamos del coche atontados, dejando las puertas abiertas. Los ocupantes del autobús bajaron enseguida y vinieron hacia nosotros. Por un momento pensé, ingenuamente, que venían a ver si nos había pasado algo y ayudarnos. Nada más lejos de la realidad, solo fueron rápidos para aprovechar la situación y meterse en el coche a robar, delante de nuestras narices, todo lo que eran capaces de coger.

 4.- Sudáfrica

Algo que me dejó perpleja cuando viajé a Sudáfrica fue descubrir que los blancos solo representaban el 4% de la población. En mi cabeza, tenía la idea equivocada, supongo que por las historias del apartheid con las que crecí, que los blancos debían ser una mayoría para haber ejercido tal poder sobre los negros.

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5.- El caos armonioso del tráfico en Hanoi

Ver tantas motos conduciendo de manera caótica, sin respetar semáforos ni stop, me resultó chocante e hipnótico. Fue una sorpresa descubrir que para sobrevivir cruzando una calle, consistía en integrarse y caminar a ritmo constante y lento sin estar pendiente de lo que hacía cada vehículo. Ya se encargan ellos de esquivarte.

6.- La rata de lujo

Al poco de llegar a Delhi, fuimos a cenar a un restaurante de lujo con unos amigos expatriados que vivían allí. Hubo un momento que noté un cosquilleo en mis pies, levanté el mantel y miré debajo de la mesa, pero tan solo pude ver algo que se movía rápido sin poder distinguir de que se trataba. Al cabo de un rato fui al baño y me crucé con una rata de enormes dimensiones que correteaba entre las mesas. Cuando se lo dije al camarero, con una sonrisa en su cara, ladeó su cabeza de un lado a otro, como suelen hacer los indios que parece que dicen que no, pero en realidad dicen que si y me contestó que era una rata especial, porque le gustaba la comida de lujo.

7.- Cuando tuve que resignarme a quedarme sin gafas de sol en Turquía

En Turquía fue donde descubrí los baños típicos de países musulmanes, con el agujero en el suelo, sin papel higiénico y con un cubo de agua para limpiarte. No daba crédito. Recorríamos en coche el país y paramos en un sitio a comer. Cuando fui al baño, me encontré que estaba asqueroso, pero era la única opción de poder vaciar la vejiga. Como tenía poca práctica, había colocado una patilla de mis gafas de sol estupendas, en el escote para sujetarlas mientras intentaba atinar en el agujero. Se me cayeron y se quedaron fijas en la mierda que había dejado alguien de regalo. Y allí clavadas se quedaron.

8.- El exceso de amabilidad de los camareros en Estados Unidos

Casi que me incomodan. La primera vez que lo experimenté, me dejaron atónita, por un momento pensé que me estaban tomando el pelo.

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9.- Lo abarrotados de gente que van los autobuses en India y Sri Lanka

Esperar al siguiente autobús fue lo que hicimos cuando vimos que era imposible viajar en él por falta de espacio, hasta que comprendimos que si no te adaptas y subes, como puedas, no viajas.

10.- Cuando siendo una niña, se quisieron casar conmigo en Marruecos

El primer choque cultural que experimenté fue cuando averigüé que en otros países las niñas de mi edad se casaban. Entonces tenía 11 años y viajaba con mi familia. Marruecos era la primera cultura diferente a la mía con la que tenía contacto.

Llegamos por la noche a Tetuán y lo único que encontramos fue una pensión de mala muerte, llena de cucarachas. Como en el coche no cabíamos todos para dormir, no quedaba otra que pernoctar en la pensión. No pegamos ojo ninguno. Ni mi madre, que se pasó toda la noche vigilando que no se nos subiese ninguna cucaracha ni rozásemos la almohada que había cubierto con una toalla para evitar que apoyásemos la cabeza, ni nosotros, que a cada movimiento que hacíamos, la teníamos encima para colocarnos bien la toalla. A eso había que añadir los gritos que pegaba con cada cucaracha que nos pasaba cerca. Pero para mi, lo peor estaba por venir. A la mañana siguiente, el recepcionista, un chico de 18 años, poco agraciado, le pidió mi mano a mis padres. Aunque durante días pensé que era una broma, o que hablaba de un futuro (que por suerte nunca llegaría), me dio mucho que pensar mientras recorríamos el país.

 11.- El curioso método para planchar la ropa en China

En un hotel en Pekin, dejamos la ropa en la lavandería. Cuando la recogimos olía rarísimo y no demasiado bien. En la cena se lo contamos a unos compañeros de viaje y nos comentaron que habían pasado el día antes al lado de la lavandería y habían alucinado al ver como una de las empleadas que planchaba la ropa, en vez de echar agua con un spray para humedecer la ropa, escupía directamente sobre ella.

 12.- El recibimiento que tuvimos en un hotel de Ninh Binh (Vietnam)

Sorprende la rapidez con la que uno se acostumbra al lujo, pero lo difícil que resulta acostumbrarse a lo contrario, sobretodo cuando se viene del lujo.

Cuando visitamos Ninh Binh, todavía no se había convertido en un destino demasiado popular y la infraestructura turística estaba poco desarrollada. Nos alojamos en Tam Coc, en un hotel que había reservado días antes desde Hanoi. Veníamos de hacer un crucero de lujo por la Bahía de Halong, en el que viajaba como bloguera invitada y del que pudimos disfrutar de tres días de relajación total.

Por un momento se nos olvidó que nuestro viaje era, en realidad, un viaje de mochileros y nada más bajarnos del crucero, totalmente adaptados a nuestra vida de lujo, contratamos un taxi que nos llevó hasta Tam Coc.

Cuando llegamos al hotel, el taxista se mostró reticente a dejarnos allí. Creo que no comprendía bien que pintábamos en aquel hotel después de haber viajado a todo lujo y haber pagado un taxi hasta allí.

Insistimos en quedarnos. Nos atendió el recepcionista en pijama (aunque era de día) y nos llevó a nuestra habitación. Nada más abrir la puerta, nos encontramos un sapo de inmensas dimensiones frente a la cama que nos miraba fijamente, como dándonos la bienvenida. Eso solo fue el comienzo, porque poco después comenzaron a desfilar sus compañeros de habitación; cucarachas, en su mayoría y algunos tipos de insectos que ni sabía de su existencia. Suerte que llevábamos una mosquitera para poner encima de la cama, porque no hubiésemos pegado ojo en toda la noche.

¿Y vosotros?. ¿En qué momento habéis experimentado choque cultural en vuestros viajes?. ¡¡Me encantaría que lo compartieseis en comentarios!!

 

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